Desigualdad vial

El autor analiza la estructura sociológica y legal del tránsito con foco en dos eventos recientes

Por José Nesis

El jueves pasado (17 de diciembre) dos incidentes viales gravísimos aparecieron en las noticias de la ciudad de Buenos Aires. Un niño de 5 años fue atropellado, junto a su mamá, por un conductor que circulaba a alta velocidad, más allá de la permitida. El niño murió y la madre quedó con lesiones graves.

Unas horas antes y en otro barrio de la ciudad, una señora de 81 años, fue embestida por un colectivero y está internada mientras intentan salvar su vida.

El primer caso es especialmente impactante por la muerte de un niño. La escena es espantosa y fácilmente condenable: hay un conductor varón, al volante de un auto de características “deportivas”, que responde a un estereotipo de vehículo para hombres jóvenes amantes de la velocidad.

Para la mayoría, es fácil no sentirse identificado, ya que probablemente no tiene ese automóvil y, por grande que sea la tentación, no circularía a esa velocidad por una avenida porteña. El niño y su madre, aun si hubieran visto venir al auto, no tenían tiempo de protegerse, independientemente de cómo estaban cruzando la avenida. No tenían cómo evitar semejante objeto que venía hacia ellos, al que no esperaban.

El episodio tiene todos los ingredientes para constituir una tragedia que la lleva a las primeras planas de los medios masivos de comunicación.

Del segundo caso nos enteramos por un solo motivo: la víctima es la primera mujer argentina que ganó el título de Miss Mundo, en 1960. Y aunque el resultado del siniestro vial es tan grave que aun no sabemos si ella va a sobrevivir, la dinámica tiene algunas cuestiones a destacar.

La mujer cruzaba con el semáforo a su favor, y por la senda peatonal. El colectivero giró y la atropelló. Desde lo que marca la ley, ella hacía las cosas bien. Pero en la práctica sabemos que pocas veces los conductores respetan la prioridad de los peatones.

A diferencia del primer caso, en el que es fácil no identificarse con el victimario, aquí los lectores podrían recordar fácilmente las innumerables veces en las que como conductores no respetaron la prioridad peatonal. De no ser por su gloria juvenil, la víctima no hubiera salido en las noticias.

 

El respeto al peatón y las normas

No es una novedad que los conductores, ni siquiera (¿o especialmente?) los profesionales, no respeten a los peatones. Y sin embargo, en esta interacción, como en otras así de cotidianas y poco espectaculares, esté quizás inscripto el modo en que los argentinos nos relacionamos con las reglas en el sistema vial.

El gran jurista William Michael Reisman decía que hay normas del código escrito (el peatón tiene prioridad, por ejemplo) y normas del código práctico, que dependen del tiempo y lugar. Por ejemplo en Buenos Aires, salvo excepciones, pasa primero el vehículo, y después el peatón.

Y además, esas reglas del código práctico – normas no escritas -, tienen su propia lógica interna, su propia coreografía. ¿Cuáles son esas reglas que rigen nuestro comportamiento en la calle? Tienen principios propios.

No hay ausencia de normas, hay una práctica social que frecuentemente desprecia las normas escritas, y las suplanta por hábitos consuetudinarios. Como pasa en las cárceles, por ejemplo. Uno de esos hábitos es la ley del más fuerte.

Debo a Pato Sorgente, mi profesor de tenis y un gran observador del comportamiento – de eso se trata su tarea, entre otras cosas – la detección de un rasgo de esa coreografía urbana:

no respetamos el paso de quien le corresponde según la ley sino de quien pesa más, literalmente. Los vehículos que pesan más, es decir aquellos que al frenar deben detener grandes masas, parecen gozar de cierto respeto y jerarquía frente a la mirada de los más chicos, cuyo último eslabón es quien va a pie. Como si respetáramos intuyendo la magnitud de inercia y no la instancia de la letra de la ley.

Éstas y otras reglas no escritas, no solo son difíciles de modificar si no somos conscientes de su existencia, sino que atestiguan simbólicamente, o no tanto, nuestro modo de relacionarnos entre nosotros como ciudadanos y con las normas que hemos creado.

Quizás esa disfuncionalidad, que cegó la vida del niño de 5 años y tiene en vilo a la ex Miss Mundo, sea un testimonio de la coexistencia de capas democráticas y autoritarias en la construcción de nuestro sistema normativo, que reproduce desigualdades y daños.

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