Comiendo En Zapatillas – El síndrome B y el síndrome QQ

Sobre la atención al cliente en restaurantes, cafés y bares

Iba a comer a un boliche de comida porteña en Belgrano. Propiedad de Manolo, Antonio y José, 3 héroes de la milanesa con ensalada mixta y el canelón de panqueque con pollo y verdura.

Allí no se pedía mesa, uno se sentaba directo frente al individual de papel para leer la

 la carta manuscrita y fotocopiada con en unos 20 platos más guarniciones.

Sin decir “tuki” ni otras interjecciones, quizás algún rezongo, el mozo Gustavo de unos 50 años saludaba cuando tenía ganas y preguntaba: “¿Qué querés?”. Cero amabilidad, cero careta, esa ES la propuesta, como le dicen ahora. Voy a llamar a este tipo de interacción el síndrome QQ, qué querés. Amaba a Gustavo, su voz ronca, y a sus dueños. En este entorno, el qué querés tenía sentido, rimaba con el local y con el estilo. En este entorno el QQ denota eficiencia, abocación a la tarea, casi una orden militar, una invitación a hacer el pedido, sin formalismos y cero careta, “soy un mozo y estás acá para comer, pedime lo que querés”.

El síndrome QQ también se da en otros lugares, aunque no siempre es tan bien valorado o apreciado. La mesa ya tiene mantel, decoración nórdica, alguna pieza de arte, vajilla reciclada de cristalero, variantes por doquier. 

_Hola, buenas noches

_Hola, buenas noches

_¿Sí?….   …. …..

_¿Puede ser una mesa, por favor? 

(local semi vacío un martes a las 23 horas)

_¿Tenías reserva?

_¿Quisieran que me siente aquí?

Nuevamente, el síndrome QQ. Pero esta vez la actitud es diferente: Denota un desinterés, una mirada desde lo alto en algún caso.

Pero esta vez con un ambiente distinto y un producto que se vende como cuidado. ¿La atención? Bueno, unos chicos de entre 20 a 25 años, algunos capacitados, y en en general con un salario magro.

En la vereda de enfrente hay otro restaurante donde la fama es también buscada, por otros caminos no tan etéreos.

_Hola, bienvenido, ¿quisieras una mesa?

El local puede estar lleno, pero la voluntad de acomodar, de la hospitalidad, está. El largo plazo de lo intangible.

Y no desentona con el lugar, ni con los ingredientes; es el modelo de “gracias” que expresa: “gracias por venir, por haber venido, valoramos que seas un cliente ocasional o regular”.

El de la cordialidad, no servil, el de la picardía respetuosa, y la empatía, el síndrome B de bienvenida. Enfrente, está la displicencia: el egoísmo y el desinterés, el síndrome QQ. La culpa no es del mozo, es del local, de quienes no lo capacitan o pagan bien o se aseguran que las cosas salgan bien. Pero el hilo se corta…  

Un restaurante puede tener la mejor comida del mundo, pero sin el modelo B. Bienvenido, de atención; todo el resto se desmorona. El personal merece tan buena atención de los clientes internos como externos como el producto que sirven, a fin de cuenta somos personas y la empresa es de hospitalidad, ese es el rubro.

Una amiga periodista me manda un mensaje sobre un restorán con buena comida (excelente producto), buena ambientación, “Fuera de la comida, yo vuelvo porque atienden BIEN”.( Las mayúsculas son del original).

Y viceversa, puede tener la peor comida, o el menú negro mediocre, pero si le ponen ondas gravitatorias (?) de atracción, todo cambia.  Es raro encontrar al síndrome QQ en las provincias y es común encontrar el síndrome B. En Buenos Aires la escena es variopinta.

En el largo plazo, el universo en expansión es el modelo B. El modelo QQ inevitablemente lleva al colapso, salvo que seas Gustavo, a él sí le permitimos ese lujo. 

 

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