Un error silencioso que se paga caro

Ser conscientes del patrimonio, la necesidad de planificar y de pensar estructuras legales para su preservación y evitar conflictos

Por Martín Litwak

Dicen que los errores nos hacen crecer. Y es cierto. Pero también es verdad que hay ciertos errores,
que es mejor evitar. Entre esos, hay uno que veo todos los días en mi práctica profesional: afecta a
profesionales, empresarios, familias con patrimonios grandes y pequeños. Es un error que termina
saliendo caro: no planificar.

¿Lo veo en todos lados? Sí. Pero en Latinoamérica, aún más.

Sucede que, en América Latina, la estructuración patrimonial, y especialmente la planificación
sucesoria, siguen siendo prácticas minoritarias. No porque sean complejas o inaccesibles sino, sobre
todo, porque culturalmente nos cuesta hablar de dinero, de patrimonio y, más aún, de lo que va a
pasar cuando no estemos.

Preferimos postergar. Asumir que “ya habrá tiempo”. O, peor aún, creer que como no tenemos una
gran fortuna, esto no aplica para nosotros. Ese es el primer gran error.

La planificación patrimonial no es un tema exclusivo de los ricos. Por eso, pensar que “no es para
nosotros” es un error. La planificación patrimonial es un tema de cualquier persona que tenga algo
que no piensa consumir en el corto plazo. Un inmueble, una inversión, una empresa, incluso una
cuenta en el exterior. Todo eso, sin planificación, puede convertirse en un problema.

Y cuando digo problema, no hablo en abstracto.

He visto familias perder activos simplemente porque los herederos no sabían que existían. He visto
patrimonios erosionarse significativamente por no haber considerado el impacto de impuestos
sucesorios en distintas jurisdicciones.

He visto procesos que se extienden durante años, con costos
legales altísimos y exposición pública innecesaria. Y, quizás lo más frecuente, he visto hermanos
convertirse en “socios forzados” de bienes que ninguno quiere administrar en conjunto.

Nada de esto es excepcional.

El segundo gran error es creer que alcanza con hacer algo una vez y olvidarse. La planificación no es
algo estático. Es dinámico. Cambian las familias —nacimientos, divorcios, mudanzas— y cambian las
reglas del juego. No actualizar una estructura puede ser tan problemático como no tener ninguna.

Y hay un tercer problema, del que se habla poco: la comunicación.

Una planificación técnicamente impecable puede fallar si no está acompañada de una conversación
clara dentro de la familia. El silencio, en estos casos, no protege: complica.

Ahora bien, ¿por qué insistir tanto en la planificación?

Porque, en definitiva, el objetivo de la planificación patrimonial no es solo optimizar impuestos ni
estructurar activos —aunque también lo sea—. El objetivo es mucho más simple y, si se quiere, más
humano: no agregar dolor al dolor.

Cuando una familia atraviesa un fallecimiento, una incapacidad o incluso una ruptura, ya hay
suficiente carga emocional. Si a eso le sumamos incertidumbre, conflictos y costos evitables, estamos
generando un daño que podría haberse prevenido.

Planificar es cuidar a quienes quedan. Y, en una región donde tanto se habla de familia, es llamativo
lo poco que hacemos, en la práctica, para protegerla.


El autor es abogado especialista en derecho fiscal y planificación fiscal internacional. Ejerce en el Estudio Untitled SLC

Martín LitwakplanificaciónUnttled