Por Martín Litwak
Cada cierto tiempo, una historia vuelve a viralizarse: un campeón del mundo que termina en
bancarrota, una estrella pop que “no sabe administrar su dinero”, un empresario joven que pierde
todo en un divorcio. El morbo es universal y la pregunta siempre la misma: “¿Cómo puede ser? Ganó
fortunas.”
La respuesta es más simple —y más incómoda— de lo que parece: nunca hubo planificación
patrimonial. Sin ella, el dinero deja de ser un activo y empieza a convertirse en una amenaza.
Pero hoy el riesgo no viene solo de malas decisiones financieras o divorcios mal negociados. Hay otro
factor difícil de ignorar: la volatilidad política. Basta leer un diario o entrar a redes sociales para
entenderlo.
En muchos países, la política se ha transformado en una industria de recaudación, y los
ciudadanos —algunos más que otros— son el cliente cautivo: el eterno “pagador de impuestos”.
En mis columnas suelo insistir en una idea básica: la libertad económica no se defiende desde
Twitter; se defiende con estructuras jurídicas adecuadas. Lo repetiré hasta que me quede sin voz:
no hay patrimonio familiar “tan grande” que aguante una mala decisión política.
Entonces, ¿qué se puede hacer por nuestra planificación fiscal y patrimonial? Vamos por partes:
1. Separar al individuo del patrimonio.
Mezclar a las personas con el capital que alimenta a una familia, es una mala decisión. Un
patrimonio debe vivir en estructuras: sociedades holding, trusts, fundaciones privadas, vehículos
sucesorios. No son “instrumentos para esconder activos”, como muchas veces nos quieren hacer
creer. Son formas de proteger patrimonios y garantizar así que un divorcio, un juicio político o un
ministro “creativo” no destruya en seis meses lo que puede haber demorado una vida, o más, en
construirse.
2. Elegir bien la jurisdicción (o las jurisdicciones).
El patrimonio global no se protege con el banco “que me cae bien”, sino asegurando que: la ley
sucesoria sea clara, la privacidad no sea un delito cultural, la tributación no cambie con cada
elección, y el Estado no use su información financiera como instrumento de chantaje. EE.UU. fuera
del CRS no es un error: es estrategia. Por eso los capitales y las estructuras fiduciarias migran a
Miami, Nevada o Dakota del Sur mientras la OCDE dicta sermones morales desde París.
3. Gobernar la familia como se gobierna una empresa
Un patrimonio sólido no es una colección de activos: es un sistema. Los hijos, los herederos, los
socios y los excónyuges son variables reales. ¿Quién accede a qué? ¿Quién decide qué? ¿Qué pasa si
usted enferma? ¿Qué pasa si usted muere? Sin reglas claras, el patrimonio no entra en sucesión:
entra en conflicto. La planificación sucesoria —bien hecha— no es una carta de despedida; es la
continuidad del negocio familiar.
4. Desconfiar del asesor que promete simplicidad
El contador tradicional suele ver un patrimonio como un Excel. Los bancos ven al cliente patrimonial
como un “riesgo de compliance”. Los abogados locales, en el 90% de los casos, no comprenden
derecho comparado ni planificación multi-jurisdiccional.
El peor asesor no es el caro: es el ignorante. Los deportistas arruinados, desde Tyson hasta Roberto
Carlos, tienen algo en común: no falló el dinero; falló el asesoramiento.
5. Entender que proteger no es esconder
La izquierda moralista, la prensa amarillista y los burócratas de la OCDE usan el mismo truco
lingüístico: equiparan estructura con evasión. Es falso.
Lo que verdaderamente es evasión —en sentido filosófico— es entregar su trabajo, su ahorro y su
herencia a un Estado ineficiente y voraz. Usted no tiene que justificar la protección de su familia.
El que debería justificar es quien pretende confiscarla.
Nadie puede controlar la volatilidad política. Nadie puede controlar a los populistas que de repente
descubren que “los ricos deben pagar más”. Lo único que sí puede controlar es la arquitectura que
sostiene su patrimonio. Y, como demuestran las tragedias financieras de artistas, atletas y
empresarios brillantes, no se trata de cuánto gana uno: se trata de cómo lo protege.
El éxito no se hereda: se estructura. Y si usted no lo hace, otros lo harán por usted: el excónyuge, el
fisco, el juez, el ministro o el periodista indignado de turno. La historia económica contemporánea
tiene demasiados mártires.
Mi sugerencia —la misma de siempre— es simple: no sea uno más.
El autor es abogado especialista en derecho fiscal y planificación fiscal internacional. Ejerce en el Estudio Untitled SLC