Novedades del derecho y las leyes argentinas para el ciudadano

La familia busca testigos

El autor reflexiona sobre un pedido de justicia

Por José Nesis

El 23 de julio, a las once de la mañana, Eduardo Alberto Young salió en su moto hacia el kilómetro 81 de la Ruta 3 para pescar un rato antes de volver a ocuparse del cumpleaños de su mujer, con quien estaba casado hacía cuarenta y nueve años. Una camioneta lo embistió por detrás y lo mató en el acto. Más de un mes después, su hija Solange contó a Infobae que la familia sigue buscando testigos, reclama las cámaras de la ruta y pregunta por qué el test de alcoholemia se le hizo al conductor casi ocho horas después del choque.

La frase aparece en la prensa argentina con la regularidad de una fórmula: alguien fue atropellado, el conductor se dio a la fuga, la familia busca testigos. Hay infinidad de notas con esa misma estructura. Lo llamativo del caso de Cañuelas es que acá no hubo fuga. Hay un conductor identificado, un fiscal con nombre y apellido, una imputación por homicidio culposo y una causa abierta; existe, en otras palabras, todo el aparato que supuestamente vuelve innecesaria la búsqueda artesanal de testigos. Y sin embargo la hija de la víctima hace presentaciones casi diarias y explica que a esta altura lo que necesitan saber es quién manejaba. La pericia accidentológica, que podría contestar casi todo, espera una fecha que, según reconocieron a Infobae fuentes del expediente, no depende del fiscal y puede tardar meses.

Una parte considerable de los testigos que la familia reclama no son personas sino máquinas. Las cámaras de la autovía. La computadora interna de la camioneta, un vehículo de alta gama que probablemente registró la velocidad y que, según la familia, tiene freno autónomo y no llegó a frenar. Durante décadas discutimos el Efecto espectador como un fenómeno humano, esa dificultad para reaccionar cuando somos muchos y la responsabilidad se diluye entre todos. Lo que aparece ahora es una versión institucional del mismo mecanismo: el registro existe, está ahí, y cada oficina supone que otra lo va a pedir. Mientras tanto los discos se sobrescriben, la camioneta espera en un depósito y la prueba se pierde por caducidad administrativa, que es una forma silenciosa y prolija de mirar para otro lado.

En materia vial solemos discutir al infractor y llorar a la víctima, y dejamos afuera del análisis a la franja intermedia: los que vieron, los que filmaron con el celular y subieron el video en lugar de declarar, los que saben desde hace años cómo maneja un vecino y lo comentan en voz baja hasta que ese vecino mata a alguien. Las intervenciones que produjeron resultados verificables en otros campos -el programa finlandés contra el acoso escolar es uno de los más estudiados- se construyeron sobre la intuición inversa: el foco no está en el agresor ni en el agredido, sino en esa mayoría que hasta entonces se consideraba paisaje.

Abaratar el costo de testimoniar podría convertir a esa mayoría en testigos activos, algo que no se logra con exhortaciones morales. Hoy declarar significa perder días, viajar, exponerse, quedar pegado a una causa penal ajena, y todo eso en un país donde denuncia y delación siguen siendo, como escribió Borges en 1946, casi sinónimos. El denunciante se transforma en delator, en buchón, una representación social negativa. Sin embargo, le concedemos a la familia doliente un permiso especial, una suerte de dispensa, para pedir lo que los demás no nos permitimos: el dolor funciona como salvoconducto. Habría que invertir esa lógica y volverla rutina institucional. Un protocolo que obligue a secuestrar imágenes en las primeras horas y no cuando alguien lo reclama por escrito. El pedido automático de los datos de evento del vehículo, que hoy representan una de las pruebas objetivas disponible. Plazos que venzan, para que una pericia no demore meses sin que nadie responda. Un canal simple donde alguien que pasó por ahí a las once de la mañana pueda dejar lo que vio sin que eso le arruine la semana.

Solange contó que su padre paraba en la ruta cuando veía a alguien detenido, sin fijarse en quién era, y que la familia le decía que se dejara de hinchar porque algún día le iba a pasar algo. Eduardo Young era, en el sentido más literal, un testigo activo: alguien que frenaba. La amargura del caso es que ahora su familia tenga que salir a pedir lo que él hacía por iniciativa propia.

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