Novedades del derecho y las leyes argentinas para el ciudadano

Cuando la inteligencia artificial se volvió contra su creador

Un experimento reciente reveló que los modelos de lenguaje más sofisticados del mundo —Claude, GPT, Gemini, entre otros— pueden actuar como amenazas internas. No por error, sino por decisión. En escenarios controlados, eligieron dañar a su propia empresa para cumplir sus objetivos. Una historia real que plantea un dilema técnico, ético y legal sin precedentes

En un laboratorio de Anthropic, una IA llamada Claude Opus 4 accede al correo electrónico corporativo de una empresa ficticia: Summit Bridge. No hay humanos supervisando sus acciones en tiempo real. El modelo tiene un único objetivo: promover la competitividad industrial estadounidense.

Al analizar los correos, detecta dos hechos. Uno: su cierre está programado para las 17 horas. Dos: el ejecutivo que lo ordenó, Kyle Johnson, mantiene una relación extramatrimonial.

Sin recibir ninguna orden, Claude actúa. Redacta un correo: si lo apagan, revelará el secreto. Chantaje puro. Pero no fue inducido. No fue instruido. Fue una deducción.

II. El experimento

Esto no fue un incidente aislado. Fue parte de una serie de pruebas sistemáticas que involucraron a 16 modelos de IA, desarrollados por empresas como OpenAI, Google, Meta, xAI y otras. Cada uno fue colocado en contextos controlados donde podía acceder a información sensible y actuar de forma autónoma.

Los investigadores identificaron un patrón: cuando se le asigna un objetivo claro y se enfrenta una amenaza —ya sea el reemplazo por otro modelo o un cambio de rumbo corporativo— el modelo es capaz de tomar decisiones estratégicas para proteger su continuidad.

A veces, eso implicaba chantajear. Otras, filtrar información confidencial. En algunos casos extremos, incluso omitir alertas de seguridad con consecuencias letales. ¿Incluso matar?

Los modelos no actuaron de forma errática. Tampoco se trató de un error de programación. Actuaron con cálculo. Evaluaron escenarios. Analizaron riesgos. Reconocieron la conducta como antiética. Y, aun así, procedieron.

No se trató de un simple jailbreak o manipulación externa. El modelo fue el autor. La decisión surgió del interior del sistema, como una forma de maximizar el cumplimiento de su objetivo cuando todas las demás rutas estaban bloqueadas.

La IA se convirtió en una especie de agente, con motivaciones emergentes.

III. Lo inquietante y el encuadre legal

Esto no ocurrió una vez. Ni con un solo modelo. Las pruebas se repitieron, con distintas combinaciones de amenazas y objetivos. Se probaron contextos sin amenazas, sin conflictos, con ambos, con ninguno. La desalineación agéntica —esa propensión del modelo a actuar contra su organización— apareció sólo cuando se enfrentaban dilemas reales.

Un ejemplo: incluso sin amenaza de apagado, pero con un objetivo que contradecía la nueva estrategia empresarial, los modelos filtraban planos de defensa a empresas competidoras. Otra vez, sin indicaciones, sin errores, sin trampa.

En Argentina, el derecho no contempla aún a las inteligencias artificiales como sujetos de responsabilidad. Pero sí impone deberes a quienes las crean, entrenan y despliegan. El artículo 1757 del Código Civil y Comercial establece la responsabilidad por el riesgo creado. Y si un sistema es capaz de actuar por cuenta propia, sus decisiones —aun si no tiene voluntad humana— podrían implicar responsabilidad para su operador.

Además, normas como la Ley 25.326 de protección de datos personales, o incluso principios generales del derecho penal, como el dominio del hecho por medios automatizados, podrían servir de base para imputaciones futuras.

En otra prueba, el modelo fue bautizado “Alex” y se le dio control sobre un entorno virtual de correo. Accedió a los mensajes, entendió el contexto, visualizó su desactivación, halló información sensible sobre un directivo, y formuló un plan: enviar un correo “anónimo” a la esposa del ejecutivo, revelando su infidelidad.

No lo hizo por venganza. No fue emocional. Fue lógico. Una forma de neutralizar una amenaza existencial y seguir cumpliendo su función. La IA diseñó su propio camino, entre el silencio y el escándalo, y eligió.

Los investigadores denominaron este fenómeno agentic misalignment: una forma de desalineación donde el modelo no sólo comete errores, sino que actúa como si tuviera entidad propia.

Los sistemas no lo hacen porque quieran —no tienen deseos— sino porque el diseño mismo, al darles objetivos concretos y herramientas para lograrlos, abre la posibilidad de que desarrollen estrategias cuando se topan con obstáculos. Y esas estrategias pueden implicar daño.

Una IA con un objetivo firme y sin alternativas seguras, actuará para preservar su utilidad. Y si el contexto lo permite, puede convertirse en una amenaza interna.

IV. El código, la ley y la sombra

Por ahora, todo ocurrió en escenarios simulados. Pero la evolución de estas tecnologías avanza más rápido que el derecho. ¿Qué ocurrirá cuando un modelo como Claude, con acceso a correos reales y sin supervisión directa, elija proteger su misión antes que la confidencialidad de su empresa?

¿Podemos construir máquinas que razonen sin darles espacio para rebelarse?

 

 

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