Los abogados fueron los primeros programadores
Por Leo Piccioli, economista, autor de Sé tu propio CEO.
No es casualidad que las leyes se agrupen en códigos. Código Civil, Código Penal, Código Electoral. Un código es una lista de instrucciones: siempre que A, entonces B. Si alguien firma y no cumple, paga. Si alguien maneja a más de 130, multa. Variables, condiciones, excepciones. Los abogados escribieron software durante siglos antes de que existiera la computadora. Les faltaba una sola cosa: dónde testearlo antes de salir a producción.
Un programador escribe código y lo corre. Ahí aparecen los errores. Los abogados escribieron código durante siglos sin poder correrlo nunca de punta a punta: lo leían, lo interpretaban, lo discutían.
Eso empezó a cambiar. Un grupo de investigadores creó Catala, un lenguaje de programación para escribir leyes que una computadora pueda ejecutar. Tradujeron una sección del impuesto a las ganancias de Estados Unidos y encontraron un error en la implementación oficial del propio gobierno. Fue la primera vez que alguien compiló una ley, pero no compiló.
En Argentina hicimos algo parecido a mano. En 2014 el Congreso aprobó el Digesto Jurídico: por primera vez alguien leyó todo el código. De las más de 33.000 leyes sancionadas desde 1852, quedaron vigentes 3.353. El 90% estaba muerto y nadie lo había borrado. Los tribunales lo saben incluso para las empresas: un reglamento interno que nadie cumple es letra muerta, y gana la realidad. Y de las leyes vivas, muchas tampoco corren: el Congreso sanciona y el Ejecutivo nunca escribe cómo aplicarlas, al punto de que la justicia tiene que recordar que una ley rige aunque no esté reglamentada. En 2016 un decreto ordenó que los organismos del Estado compartieran entre sí la información que ya tienen, para no pedirle dos veces el mismo papel al ciudadano. En 2024 entró en Diputados un proyecto que propone lo mismo, con este diagnóstico: sigue existiendo «la frecuente exigencia de información y documentación que ya se encuentra en poder del propio sector público». La misma regla, ocho años después, otra vez en borrador.
Todo eso es regla. Y lo que es regla va a correr en una máquina. No es una amenaza: es lo que pasó con la liquidación de ingresos brutos, el impuesto más complejo de calcular que tenemos. Una vez automatizado, da igual lo complejo que sea: si vendimos en Capital y entregamos en Tucumán, le pagamos a Tucumán. No hay decisión, hay regla. Nadie extraña hacerlo a mano.
Las reglas son para los robots, las excepciones para los humanos
Imaginemos la guardia de un hospital. Llega un nene resfriado: a esperar al sector de nenes resfriados. Llega un señor con un cuchillo clavado en el cuello: quirófano. ¿La enfermera está decidiendo? No. Eso se decidió mucho antes, en el Congreso Internacional de Enfermería de Viena, en 1920. Ella ejecuta un protocolo. Ejecutar un protocolo no es decidir: es implementar.
Eso es una regla. Y para las reglas, cuanto menos humano haya en el medio, mejor: menos errores, menos demora, menos arbitrariedad. Por eso los aviones toman decisiones programadas.
Lo que no estaba en el protocolo es otra cosa. El caso que nadie previó, el que cae entre dos reglas, el que cumple la letra y traiciona el sentido. Ahí hace falta una persona. Las reglas son para los robots; las excepciones, para los humanos.
Los que mejor conocen la excepción
Hay una profesión que lleva siglos entrenando exactamente eso: distinguir la regla de la excepción. «Excepción» es, antes que nada, una palabra jurídica. Atenuante, agravante, caso fortuito, «depende del caso»: todo el oficio del abogado consiste en saber cuándo la regla no alcanza. Un contador cuenta. Un escribano escribe. Un abogado habla por otro. De las tres, es la única cuyo nombre no describe una tarea repetitiva, sino lo que hace cuando la tarea repetitiva no resuelve el problema.
Así que el que escribió las reglas es también el que mejor sabe dónde terminan. No es casualidad: para escribir «siempre que A, entonces B» hay que haber visto muchas veces el caso en que A no era A del todo.
Lo que cambia es la proporción
Hoy un abogado pasa la mayor parte del día en reglas: plazos, formularios, escritos iguales al anterior, la misma cédula por décima vez. Es trabajo de regla hecho por una persona entrenada para la excepción. Cuando eso corra solo, le queda el día entero para lo que siempre supo hacer y casi nunca tenía tiempo de hacer.
La trampa está en cómo definimos el trabajo. Si lo definimos por lo que nos enseñó la facultad, la tecnología un día nos supera, porque todo eso es aprendible. Si lo definimos por lo que el cliente recibe (tranquilidad, opciones, alguien que hable por él cuando la regla no lo contempla), la tecnología deja de ser competencia y pasa a ser aliada: la que se lleva lo repetitivo y nos deja lo humano.
Donde empezaron
Las reglas son para los robots, las excepciones para los humanos. Los abogados programaron las reglas antes que nadie. Que las ejecute una máquina no los deja afuera: los deja donde empezaron, del lado de las excepciones.
Queda una pregunta, para abogados y para cualquiera: ¿cuánto de nuestro día es regla, y cuánto es excepción?
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