¿Los hongos mágicos pueden curarnos?

Un prometedor experimento de salud mental que usa sustancias químicas derivadas de las setas se está estudiando en Oregon, Estados Unidos, según un reporte del The New York Times

La gobernadora Kate Brown de Oregon (EEUU) en los últimos días anunció a los miembros de la recién formada Junta Asesora de Psilocibina del Estado. La psicolicibina es un compuesto químico alucinógeno presente en ciertos hongos, reporta el periodista Ezra Klein, para el diario New York Times.

¿Por qué Oregon necesita una junta oficial para ofrecer consejos sobre el ingrediente activo de los hongos mágicos?

Porque Oregón está a punto de convertirse en el primer Estado del país norteamericano en intentar construir una infraestructura de apoyo a través de la cual los hongos psicodélicos se puedan incorporar a la vida cotidiana.

Este marco es diferente de lo que vimos anteriormente: no legalización, no medicalización, sino uso terapéutico, en instalaciones autorizadas, bajo la guía de profesionales capacitados para guiar experiencias psicodélicas.

“Como muchas personas, al principio era escéptica cuando escuché por primera vez sobre la Medida 109”, dijo Brown en un comunicado.

“Pero si podemos ayudar a las personas que sufren de trastorno de estrés postraumático, depresión, trauma y adicción, incluidos los veteranos, los pacientes con cáncer y otros padeceres, la terapia con psilocibina supervisada es un tratamiento que merece una mayor consideración”.

La regulación de los hongos alucinógenos

La Ley de Servicios de Psilocibina de Oregon, aprobada como medida de votación en noviembre, es una creación de Tom y Sheri Eckert, quienes compartieron una práctica de terapia en Portland.

En 2015, los Eckert leyeron un artículo de Michael Pollan en The New Yorker titulado “The Trip Treatment”. El artículo describió la investigación emergente en torno al uso de psicodélicos como herramienta terapéutica y desenterró el período anterior a Timothy Leary, en gran parte olvidado, en el que los psiquiatras usaban ampliamente los psicodélicos.

En el pasado, el gobierno había financiado más de cien estudios y, como cuenta Pollan en “Cómo cambiar de opinión”, su libro posterior, Anaïs Nin, Jack Nicholson y Cary Grant se sometieron a una terapia asistida con LSD.

Bill Wilson, cofundador de Alcohólicos Anónimos, que había dejado de beber con la ayuda de una planta alucinógena llamada belladona, consideró llevar la terapia asistida por LSD a AA en la década de 1950, pero se encontró con la desaprobación de su junta.

Este fue un modelo muy diferente de uso de psicodélicos: había un profesional de salud mental capacitado en la sala y la terapia posterior para ayudar a convertir los conocimientos en acción.

Los primeros resultados fueron prometedores, aunque los estudios estaban mal diseñados. A veces, el temor era que los compuestos fueran demasiado poderosos y dejaran a la gente demasiado maleable a las sugerencias de su guía.

A uno de los primeros practicantes le preocupaba que en el caso de los psicodélicos, “las más preciadas teorías del terapeuta son confirmadas por su paciente” y que, aunque la curación era real, el camino era “nihilista”, al borde de algo parecido a la hipnosis.

Esta era de estudio terminó antes que se pudieran resolver estas preguntas, cuando los psicodélicos se deslizaron hacia la contracultura, donde se usaron sin salvaguardas terapéuticas, y la administración Nixon los apuntó como parte de su guerra cultural.

Quedó un remanente de curanderos que usaban psicodélicos en su trabajo, pero fueron llevados a la clandestinidad (fuente).

 

foto: Unsplash

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