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Escena En Zapatillas. Sueño idiota, la nueva obra de Cristian Jenssen.

Derecho En Zapatillas teatrales conversó con el actor y guionista de esta obra personal

Sueño idiota es un unipersonal que discurre sobre la autoficción. Poesía, vocación artística y crítica de la necesidad de estar en escena.  La obra comienza con Astrid, una acomodadora a quien le hubiera gustado ser bailarina. Un actor que toma como trabajo extra acompañar a Elena, y otros personajes. Amanda, la conductora televisiva que entrevista cada vez a un invitado diferente, indagando acerca de la existencia, ¿Qué soñas? ¿Qué deseas? ¿Cuánto cuesta?

—De las obras, valorás la posibilidad de explorar alternativas, abrir universos. En este caso, ¿es un proyecto un poco autobiográfico?

—Sí, totalmente. Lo autobiográfico surgió primero a partir de un taller que estaba haciendo; tenía muchas ganas de hacer algo con material propio. A eso se le sumó el deseo enorme de querer hacer algo con mi hermano, esa necesidad de querer estar los dos juntos en escena. La obra tiene referencias muy reales, como cosas de la tía abuela de una amiga y partes de mi propio relato. Además, en una de las secciones de la obra, que tiene formato de entrevista, me doy el lujo de jugar con algo que me encanta: esa idea de mujeres haciendo preguntas existenciales profundas.

—¿Es una entrevista con una vibra muy de los 90s?

—¡Muy de los 90s! Bien de actrices de esa época, con un estilo medio Amanda. Con esa excusa estética podía abordar y atravesar un montón de obras. Aparte, es como que monto mi propia crisis en escena y le pongo un sello propio. Para esto cuento con el Grupo Mínimo, que es fundamental para acercarme exactamente a lo que quiero contar.

—¿A qué te referís puntualmente con “lo propio”?

—A la necesidad de hablar un poco de mi familia, de esa realidad de pueblo de la que vengo. Quería hablar de esa relación específica. Tenía una bajada muy concreta, contando mi tránsito personal y también la relación con Coty Llano. Después, en el proceso, apareció la idea de contar la historia de Helena.

Quería hablar de los vínculos, de mi identidad, de ser marica.  De cumplir el deseo de mi hermana, y explorar qué significa realmente tener un deseo. Aparte, juego con esta idea de que “soy un idiota”: representa un poco esa actitud de tener tantas expectativas sobre algo que tiene que suceder, como el simple hecho de querer estar en escena y quedarse esperando. Ese concepto lo pensé un poco por la película Los Idiotas, como una reacción ante la discapacidad o el miedo a lo diferente…  Se siente mucho esa presión de “lo que hoy hay que hacer” o “lo que se supone que debería estar haciendo”. Por otro lado, mi hermano es fanático de Cris Morena, así que tomamos algo de esa estética. Capaz lo escuchás y te sorprende la mezcla, pero hay algo ahí que funciona. Está buena la bajada porque el mensaje termina siendo positivo, vital; no es una obra oscura que te está diciendo “matemos a los jubilados”, sino que tiene mucha luz.

—Contame un poco de tus inicios, porque venís del movimiento…

—Sí, vengo de la danza. Me defino como un actor devenido en bailarín. Estuve varios años trabajando con grupos de intervención de movimiento, lo último que hicimos fue Los Herederos. Aparte, tengo recuerdos muy locos de mis inicios: en los noventa, en Necochea, ¡llegaron a hacer un casting para una película de Hollywood! Yo bailaba en una murga y ya sabía que quería ser actor.

Estudiaba teatro desde los 13 años, aunque en esa época era re tímido. Cuando empezó todo esto, me di cuenta de que mi camino era la actuación y me quedé ahí. Después me vine a estudiar a Buenos Aires, a lo que antes era el IUNA (hoy UNA), y con el tiempo se armó el Grupo Mínimo. Venimos trabajando juntos desde hace un montón, explorando todas estas inquietudes.

—¿Cuáles fueron los principales desafíos de esta obra?

—El principal: producir mi propia obra. Pedimos financiamiento y no salió, pero decidimos hacerla igual. En esto fue clave el grupo que está atrás; todos se pusieron la camiseta y se comprometieron con la causa. Trabajamos en formato de cooperativa. Es loco, porque hay un espíritu muy grupal en una obra que nace desde un lugar tan individual. Se me dio por convocar a gente que pudiera entender y acercarse a este universo tan particular. Compartimos un mundo muy parecido: gracioso, un poco comedia, pero a la vez muy profundo. Sentí que era la gente indicada para entender esta “dinámica de pueblo”. Desde lo estético queríamos darle un vuelo muy de película y de obra de danza. Para eso el trabajo de Lorena fue clave, es una artista multifacética que piensa en esos cruces. Logramos algo muy kitsch, pero que a la vez es lindo y bizarro.

—¿Sos un director de estar muy encima de todos los detalles? —Es mi obra más personal, así que sí, estoy en los detalles, pero las grandes decisiones las tomábamos entre los tres. Por ejemplo, hay un personaje hermoso que surgió de la nada: arranca en el hall de entrada, muy arreglada, con perlas, y termina siendo una acomodadora que en realidad quiere actuar. Me parecía genial armar ese mundo de los que rodean al teatro.

Jugar con esa ambigüedad, con el vacío. Valorar al técnico de la sala cuando todo colapsa y la función no arranca. Pasa mucho en esta profesión: a veces estás actuando en el Paseo La Plaza, tenés dos funciones seguidas y en el medio te preguntás “¿qué estamos haciendo?”, “¿por qué hacemos esto?”. Por eso me gustaba que hubiera algo muy “vivo” en escena, con el riesgo de lo presente. Es como la idea de que aparezcan los abuelos en escena, o esos videos de patos que te mandan las personas mayores. Es traer la vida misma.

—¿Y ahora cómo siguen?

—Seguimos con funciones en junio. Después la idea es salir de gira: Necochea, Chivilcoy, y tenemos muchas ganas de hacerla en el exterior. Acá en Argentina hay mucho deseo, hay una verdadera “cultura del hacer” en el teatro independiente. A veces te vas a Europa, te dan un workshop increíble, pero nosotros acá tenemos el motor de la grupalidad y las ganas de producir contra viento y marea.

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