El amor a lo largo de la historia

Los modelos de relación romántica desde nuestros ancestros hasta el presente

Por Clara Cattarossi

Los modelos de relación romántica desde nuestros ancestros hasta el presente.

Antepasados

Hay datación de las formas de relacionarse que tenían los primeros homo sapiens, pero podemos ir más atrás aun. El antropólogo francés Lévi-Strauss ha estudiado que los gibones (primate hominoideo) de las selvas de Siam viven en familias monogámicas relativamente estables; sin embargo, las relaciones sexuales se presentan sin discriminación alguna entre miembros del mismo grupo familiar o con individuos que pertenecen a otros grupos. Lévi-Strauss concluye que ha proporcionado “el criterio más válido para reconocer las actitudes sociales: la presencia o la ausencia de la regla en los comportamientos sustraídos a las determinaciones instintivas”.

Si bien este estudio fue en el siglo pasado, los gibones no dejan de ser nuestros antepasados en los que ya había una pauta de monogamia y, sin embargo, cierta flexibilidad a la hora de relacionarse sexualmente. Observamos, de esta manera, que la concepción que hoy tenemos del amor está vinculada al sexo y viceversa, y en este artículo se revisarán las concepciones de los distintos contextos históricos de la humanidad (al menos en Occidente) que se tenían al respecto.

 

El paleolítico y neolítico

Un estudio de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo data la aparición de las relaciones amorosas unos 5 o 7 millones de años atrás. El hombre paleolítico vivía en comunidades organizadas, y los vínculos eran de índole poliamoroso porque los conceptos de fidelidad y amor no existían aún.

Las hembras tenían relaciones con numerosos machos, mientras que los machos competían entre sí para copular con todas las hembras. Vigente hasta el día de hoy, los machos protegían la tribu mientras las hembras cuidaban a las crías.

Al tratarse de comunidades nómadas, era prácticamente imposible que la norma no fuera el modelo poligámico. Pero cuando nos empezamos a erguir, los bebés comenzaron a nacer antes y, por tanto, eran más frágiles, lo que necesariamente llevó a un mayor cuidado por parte de ambos padres dando lugar, así, a la famosa monogamia. El macho prefirió quedarse con la hembra de su cría para que pudiera desarrollarse bien y ser autosuficiente.

De esta manera, para la perpetuación de la especie humana, el hombre se empezó a organizar en torno a la cría. Pero recién con el hombre neolítico se empezó a tener más presente la noción monogámica, pues las comunidades se volvieron sedentarias y armar un hogar era más conveniente para la crianza de un bebé.

 

Origen según la mitología griega

La mitología griega tiene, por su parte, su propia historia del origen del amor, lo que no es menor ya que el desarrollo de la sociedad occidental se da a partir de los pensadores griegos antiguos. La historia trata de que, en algún momento, la Tierra fue plana, sus nubes eran de fuego y las montañas alcanzaban al cielo. En ese entonces, la especie que nos representaría hoy sería el «andrógino», cuyo mito lo narra Aristófanes en el Banquete de Platón.

Estos seres que compartían genitales, cabeza y tenían dos pares de piernas y dos pares de brazos tenían tanta fuerza que preocupaban a los dioses, entonces Zeus decidió separarlos con un rayo. Entonces, dice Aristófanes que “estas dos mitades se buscan siempre”; es decir, el amor para la Grecia antigua era pensada como la búsqueda del otro, el deseo (eros) de ese encuentro para completarse.

Ahora, ¿no resulta curioso cómo hoy, más de dos milenios después, sigue siendo parte de nuestro ideario romántico?

 

Las relaciones en la Grecia antigua

Pero saliéndonos de la mitología, la Grecia helénica tenía su sistema amoroso propio. Los primeros registros de matrimonios arreglados son de esta época, y lejos estaban de ser ligados al amor. El connubio no se trataba más que de un acuerdo legal que procuraba la reproducción, especialmente de varones. Sin voz ni voto, las niñas de 13 a 15 años eran arregladas para casarse, tener hijos y mantener el hogar, mientras que el marido podía ir a la escuela, asistir a las tragedias y reunirse en el ágora.

Con esta distancia entre cónyuges, el único tipo de amor del que se puede hablar es el cariño (philia), lejos del eros pasional e incandescente. Este último se encontraba por fuera del núcleo familiar, principalmente por el hombre en las orgías con otros hombres, prostitutas e incluso esclavas si su estatus lo permitía.

 

Las relaciones en la Edad Media

El seguimiento patriarcal en el que la mujer es el objeto imprescindible para la formación de una familia seguía vigente en la Edad Media. Nuevamente, quizás a una mayor edad, la boda era acordada por los padres y cobraban por ello; es decir, el marido compraba el poder paterno.

Estos acuerdos variaban si no consentía el padre, si la novia no era pactada o si era secuestrada. En esos casos, respectivamente, se trataba de un pago triple, una multa y un pago doble. Si bien la sociedad estaba regida bajo los valores cristianos, el amor metafísico y platónico se encontraba extraconyugalmente, lo que dio lugar a numerosos hijos bastardos y, por tanto, a la prohibición de relaciones sexuales antes del matrimonio.

Las relaciones en el Barroco

El Barroco es destacado por su característica de idealizarlo todo a través del arte: desde la arquitectura hasta la idea del amor. Las cosas se muestran como deberían ser y no como son. Garcilaso de la Vega es un referente de esta concepción en sus Églogas, y de hecho la relaciona también con el mundo terrenal a partir del bucolismo de Virgilio.

El paisaje natural está idealizado, la figura de los pastores tienen una vida sencilla y lo único que les preocupa es el amor. El hombre busca las fuentes de conocimiento en la tradición greco-romana, por eso se vuelve al amor platónico y a la idea de la «media naranja» (el andrógino), por lo que no hay un protagonismo del amor sensual. Se trata de una búsqueda filosófica (se relaciona con la búsqueda de la belleza idealizada, pues la belleza permite ver orden en el mundo).

En la primera Égloga canta Nemeroso, tras la muerte de su amada Elisa: “El cielo en mis dolores cargó la mano tanto, que a sempiterno llanto y a triste soledad me ha condenado; y lo que siento más es verme atado a la pesada vida y enojosa, solo, desamparado, ciego, sin lumbre, en cárcel tenebrosa.”  Se observa una idea de una vida celestial mejor a la terrenal, ya que en esta hay dolor y la otra es plena. Cuenta con que, en aquel mundo celestial, se reencontrará con Elisa y volverá a ser feliz.

Las relaciones en la Modernidad

La modernidad trajo un cambio paradigmático en cuanto al amor romántico y a la sexualidad. Tras las tantas revoluciones que hubo entre los siglos XVI y XVIII, resulta imposible que no se alteren las prácticas amorosas y sexuales.

La monogamia seguía siendo hegemónica, pero las prioridades cambiaron: del sistema feudal pasamos al sistema de clases, y para poder sostenernos económicamente se volvió necesaria una unión que mantuviera al matrimonio por encima de la legalidad. Además, tras la Revolución Industrial, surgió el Romanticismo, que protagonizó a los elementos dionisíacos (la desmesura, los instintos, la pasión) que describe Nietzsche en El origen de la tragedia.

La Revolución Francesa puso sobre la mesa la idea de la libertad y, de repente, la gente se empezó a casar por elección. El número de matrimonios se acrecentó a lo largo de toda Europa tras la posibilidad de casarse por decisión propia, dando lugar al amor romántico que luego se mercantilizaría en las novelas de caballería. Así el amor romántico se volvió aspirable, pues traía consigo la felicidad de no tener que cometer adulterio. De esta forma se dio la primera Revolución Sexual.

Las relaciones en los siglos XX y XXI

La segunda Revolución Sexual la encontramos en el siglo XX, en la década de los ‘60 con la explicitación del sexo luego de haber sido tabú desde el amor eclesiástico. Se empezó a hablar de amor libre, el matrimonio no era lo único a lo que aspiraba y se volvió a abrir la puerta del poliamor que encontrábamos en la Antigüedad. Hoy se sigue incrementando (y, por qué no, fomentando) esta idea del poliamor para tirar abajo la hegemonía del matrimonio que rigió durante el siglo XX.

Hasta finales de los ‘90, ser una mujer de treinta años no podía ser considerada soltera sino «solterona», pues su definición según Oxford es “que no se ha casado, habiendo ya sobrepasado una edad en la que la gente se suele casar.” Por lo tanto, entendemos que hay una edad límite para ser solteros, como si fuese una suerte de insulto.

Sin embargo, a la misma vez, tanto amor libre deja de lado la idea de amor metafísico de Platón y de Garcilaso de la Vega. No se pretende un extremo ni el otro pero, como dice Erich Fromm en El arte de amar: “El amor como satisfacción sexual recíproca, y el amor como «trabajo en equipo» y como un refugio de la soledad, constituyen las dos formas «normales» de la desintegración del amor en la sociedad occidental contemporánea, de la patología del amor socialmente determinado”.

Este tema lo desarrolla también el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en su obra La agonía del Eros sosteniendo que el sexo (relacionado con el amor) se volvió un bien y, por lo tanto, mientras más se la consuma, mejor. Los cuerpos se vuelven mercancías, buscando aumentar la cantidad en lugar de la calidad. No está explicitado por el autor coreano, pero es así como este incremento de «bienes» da lugar a la poligamia, en la que hay más opciones y, por ende, más consumo.

Hay más consumo porque hay una mayor exaltación del hedonismo y una minimización de los sentimientos negativos. Entonces: ¿es la poligamia la nueva hegemonía? ¿Vivimos en un eterno-retorno como planteaba Nietzsche o, simplemente, por naturaleza humana somos tanto monogámicos como poligámicos?

No hay leyes en nuestro país que prohíban expresamente el matrimonio de dos más de personas, pero su acto entraría en contradicción con la norma según la cual “libremente dos personas mayores de edad, que conviven en una relación de afectividad estable y pública, análoga a la familiar, con independencia de su sexo y orientación sexual”. De esta manera, se está promoviendo un Proyecto de Ley que permita la poligamia en Argentina, con la justificación de que hay que fomentar la procreación y que las personas tengan el derecho a tener cuantas relaciones que quieran en sus distintas variables.

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