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Una sentencia en la pileta nueva

La ilusión de un verano perfecto se convirtió en años de frustración para una familia correntina. Una piscina que se desmoronó, una empresa que desapareció y un fallo judicial ejemplar que puso fin a la impunidad

El calor de Goya, Corrientes, no perdona. En junio de 2015, la familia González vio cumplirse un sueño largamente postergado: tener su propia piscina. Compraron una pileta nueva, una joya de fibra de vidrio de 6 metros de largo, con la promesa de disfrutarla por décadas.

El vendedor representante local de la multinacional…, les entregó un certificado de garantía por 15 años sobre la estructura. Parecía una inversión segura.

Pero la alegría duró poco. Apenas instalada, la Sra. Antonia notó algo extraño: un “globo”, una deformación en la fibra, en la parte contraria a la escalera. “No se preocupe, señora, eso no le va a causar ningún problema”, le aseguraron. Antonia, confiada, dejó pasar el detalle. Fue un error fatal.

Un año después, bajo el sol abrasador del verano correntino, el “globo” no resistió. Reventó. Una grieta oscura y profunda se abrió en el casco de la piscina. El agua, vital y costosa, comenzó a desaparecer, filtrándose hacia la tierra sedienta. El nivel bajaba irremediablemente tras cada llenado.

La pesadilla recién comenzaba. Poco tiempo después, otra falla apareció: el sistema de retorno, cerca de la escalera, empezó a escupir agua hacia afuera, inundando el jardín. Y como si fuera una burla del destino, una segunda grieta, aún más grande que la primera, se abrió en el lado opuesto . La piscina de una marca importante no era un oasis; era un colador gigante enterrado en el patio.

El Silencio de la Empresa

Desesperada, Antonia inició el peregrinaje del consumidor estafado. Llamó al vendedor. Llamó a la fábrica. Envió correos electrónicos. Nadie respondía. Finalmente, envió una carta documento formal. La respuesta de la empresa fue fría y burocrática: “Se ha iniciado el protocolo para brindarle una respuesta adecuada”

Ese “protocolo” fue una mentira. Pasaron semanas, meses, años. Nadie fue a ver la pileta. Nadie llamó. Antonia se quedó sola con su piscina rota y la impotencia atragantada.

En marzo de 2021, harta del destrato, Antonia decidió demandar. Con el patrocinio inició una acción judicial en el Juzgado Civil y Comercial N° 2 de Goya. No pedía lujos, solo lo justo: que le cambien la pileta por una nueva o le devuelvan el dinero.

Lo que siguió fue insólito. La empresa ni siquiera se presentó al juicio. Fue declarada “rebelde”.  El juez Gabriel Guillermo Saade decidió actuar rápido. En plena pandemia, activó el protocolo de oralidad y convocó a una audiencia videograbada. Allí, los testigos desfilaron para contar la verdad que la empresa quería ignorar.

Los tres testigos se sentaron frente a la cámara y relataron lo que vieron. Conocían la casa, habían visto la ilusión inicial y la posterior debacle. Describieron las grietas, la pérdida de agua, la inutilidad del producto. Sus testimonios, sumados a las fotos y videos presentados, fueron contundentes. No había dudas: la pileta estaba fallada de fábrica.

“…son coincidentes en su respuestas respecto a que la pileta tenia los defectos denunciados por la demandante, ello conocen la vivienda donde se instaló la pileta, la utilizaron y vieron personalmente los defectos.”

La sentencia

El 17 de diciembre de 2021, menos de 10 meses después de iniciada la demanda, el juez Saade dictó sentencia. Y fue lapidario.

En su fallo, el magistrado no solo aplicó la Ley de Defensa del Consumidor, sino que dio una lección de ética empresarial. Consideró que la conducta de la empresa fue “antijurídica” y violatoria del trato digno que merece cualquier persona.

La Condena:

  1. Sustitución Inmediata: Ordenó a la empresa entregar e instalar una pileta nueva, idéntica a la comprada, en un plazo de 10 días

  2. Daño Moral ($150.000): Reconoció el sufrimiento de Antonia por el “destrato” y la frustración de años.

  3. El Castigo Ejemplar (Daño Punitivo): El juez aplicó una multa civil de $128.400. ¿Por qué? Por la gravedad del hecho: cobrar el precio total por un producto defectuoso y luego desaparecer, mostrando un “desprecio absoluto” por los derechos del cliente.

La sentencia fue un grito de justicia en medio del silencio. Antonia, finalmente, pudo cerrar el capítulo más amargo de su verano y recuperar, al menos, la dignidad de haber sido escuchada.

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