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¿Por qué hay tanto ruido en las ciudades?

Un informe de Fundación Ciudad presentado por CPAU reveló que a más del 60% de la población, el bochinche urbano le complica la vida para dormir, concentrarse y trabajar. Ciudad En Zapatillas

Por Walter Duer

El que toca bocina porque el semáforo se puso en verde hace más de dos segundos y el auto de adelante no arrancó. El que acelera la moto para que se noten los retoques pisteros. El camión que levanta los contenedores de basura. El taladro de esa obra que arranca siempre media hora de lo que debería.

El bar que pone música a todo lo que da y que queda justo enfrente del otro bar que también pone música a todo lo que da… Buenos Aires está acostumbrada al ruido. Y nos está afectando.

El cuestionario sobre Ruido Urbano en la Ciudad de Buenos Aires, relevamiento realizado por la Fundación Ciudad y presentado en la reciente Jornada de Diálogo del Consejo Profesional de Arquitectura y Urbanismo (CPAU), detectó que casi el 61% de las personas considera que el ruido influye mucho en su calidad de vida.

Cuando se ahonda en cuáles son los ruidos qué generan más molestias desde el interior de las viviendas, aparecen en los primeros lugares el tráfico callejero (41,4%), las sirenas (41,4%), las bocinas (37,5%) y las obras de construcción (34,0%). En los espacios públicos las cosas no cambian demasiado: bocinas (28,2%), aceleración de vehículos (27,3%), camiones (26,3%) y motos (24,7%).

“El ruido del tráfico en Buenos Aires responde a patrones comunes de otras capitales de la región, aunque presenta variaciones propias de su historia como ciudad compacta, cuya explosión demográfica estuvo ligada al desarrollo del tren, el tranvía y el subte, características que en general la hacen más caminable”, explica Andrés Borthagaray, integrante de la Comisión de Urbanismo y Medio Ambiente del CPAU.

“Ese punto de partida favorable tiene fuertes presiones: ciudades de la región emplazadas en valles o con programas de transición energética asociados a la industria (como en Brasil) aceleraron su camino hacia el transporte eléctrico con distintos grados de avance, en Buenos Aires la tendencia hacia más autopistas, más estacionamientos y mayor dependencia del auto pone en riesgo sus ventajas históricas”.

Recordamos que a nivel legal no está permitido tocar bocina, salvo en caso de emergencia o para evitar un accidente. Y que todas las piezas de vehículo, escapes incluídos, deben estar homologadas.

Una sensación que nos hace ruido

Estamos tan habituados al ruido urbano que lo consideramos parte del paisaje. Sin embargo, el estudio muestra que impacta negativamente en lo que hacemos y en cómo nos sentimos.

Algunos datos elocuentes: el 48,6% sufrió pérdida de concentración, el 44,5% nerviosismo, el 35,5% insomnio y el 29% disminución del rendimiento. Las actividades más interrumpidas son el sueño (44,2%), el estudio y la lectura (39,5%) y, atención a este dato que le toca cada vez a más personas, el trabajo remoto (31,4%).

La evidencia científica se ha convertido en uno de los motores más contundentes para los lineamientos de la Unión Europea y de las agencias de control acústico estadounidenses. Según la OMS Europa, aproximadamente 1 de cada 5 personas en ese contiente está expuesta a niveles insalubres de ruido de tráfico.

“Cuando se empezaron a cruzar las variables de ruido y salud (gracias a una mejora sustancial en los sistemas de medición y en la disponibilidad de la información), se dispararon las alarmas y las consiguientes medidas para contrarrestar los daños”, dice Borthagaray.

“Cuando las ciudades toman conciencia de esta realidad, la situación puede cambiar de manera drástica: los ejes centrales de las políticas exitosas apuntan a la reducción del espacio destinado al automóvil, la innovación constante en el transporte público y la mejora de las condiciones para la movilidad activa”, agrega. El experto destaca que también existen valiosas lecciones globales en el control de las fuentes fijas de ruido y en la transformación de ciertos factores culturales.

El ruido también cuesta plata

Muchas veces pensamos en el ruido como una molestia subjetiva. Sin embargo, también tiene costos concretos. Las propiedades cercanas a autopistas suelen perder valor. La pérdida de concentración afecta la productividad laboral y educativa. Los problemas de sueño generan costos para los sistemas de salud.

Incluso existe un impacto energético. Cuando el ruido exterior es excesivo, muchas personas terminan viviendo con las ventanas cerradas y utilizando más aire acondicionado o calefacción, lo que aumenta el consumo de energía y empeora la ventilación de los ambientes.

¿Qué pasos se pueden dar para empezar a resolver este problema?

Acá aparece uno de los datos más llamativos del relevamiento. Cuando se preguntó cuál sería la política más efectiva para reducir el ruido, la mayoría eligió la fiscalización. Muy pocos reclamaron leyes más duras.

En otras palabras, los ciudadanos perciben que el problema principal no es la falta de normas sino la dificultad para hacerlas cumplir. Esto, mientras el 82% admite no conocer (o no estar seguro de conocer) la legislación vigente sobre contaminación acústica.

“Crear conciencia y promover un cambio de actitud es fundamental”, afirma Borthagaray. “No cuesta dinero dejar de tolerar que se toque impunemente la bocina o que se llenen de alarmas las calles y avenidas para detener a los peatones porque un automóvil quiere salir de un garage. Tampoco es alto el costo de advertir sobre las consecuencias de la exposición al ruido a personas de distinta edad que trabajan en bares o comercios”, enumera.

También afirma que si las autoridades a cargo de fiscalizar predican con el ejemplo hasta puede generar ahorros. “Existen, de hecho, muchas quejas sobre recitales con equipos de sonido excesivamente potentes en barrios residenciales”, explica el experto.

“Si hubiera que elegir una sola medida (aunque puede generar debate), la reducción de la velocidad máxima tiene un efecto inmediato y aporta beneficios en otros planos, como la seguridad vial y la disminución de emisiones contaminantes”, detalla Borthagaray. “Mirado desde un punto de vista colectivo, esto no hace más lentos los tiempos de desplazamiento; por el contrario, los puede acelerar si las medidas están bien combinadas, se prioriza el transporte público y se controla el estacionamiento en doble fila”, aporta.

Ante la consulta de si Buenos Aires es más ruidosa que otras ciudades, Borthagaray se limita a decir: “a los porteños que viajan a otras latitudes o a los turistas que vienen a Buenos Aires, en general, les llama la atención el nivel de ruido”.

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