El trabajo específico

Las personas que trabajan, cumplen a rajatabla su función, pero no hacen funciones que so parecidas, o complementarias. Veamos casos.

Por Leo Piccioli

“Soy ascensorista, me dicen el piso y yo lo aprieto. ¿Limpiar la botonera? No es mi trabajo”.

“Soy boletero de cine. Vendo entradas. ¿Ofrecer caramelos y palomitas de maíz? No es mi trabajo”

“Atiendo en Blockbuster, traen la película al mostrador y cobro. ¿Rebobinar las cintas? No es mi trabajo”.

“Soy repartidor. ¿Que haga cobranzas? No es mi trabajo”. Ese repartidor me enfureció. El mundo cambió.

Antes, contratábamos a los robots que existían, también conocidos como humanos, para hacer tareas repetitivas. Se las describíamos, les mostrábamos cómo llevarlas a cabo y, durante décadas, les pagábamos por eso, por repetirlas.

Necesitaban supervisión porque se equivocaban; administración, porque querían cobrar; y controles, porque a veces se iban antes del horario.

Durante décadas, los Ford, Deming y muchos más se enfocaron en que esos humanos hicieran más rápido sus tareas. Hasta que nos fuimos dando cuenta de que las podíamos automatizar. Cada vez más.

Y, en lugar de tener un gasto mensual para mantener alimentados y cuidados a esos robots humanos, podíamos invertir y comprar (o alquilar) unos robots más eficientes, obedientes y baratos.

El repartidor que me dijo “No es mi trabajo” y me enfureció era el delegado, representante del sindicato en la empresa. “Acá no cobra nadie”, sentenció. Y nos hizo un favor.

Porque nos forzó a encontrar, a principios del siglo XXI, formas de automatizar esa tarea, de no necesitar más a los humanos. Las encontramos y, así, ahorramos dinero. Redujimos errores del equipo y los clientes estuvieron más contentos.

Pero la falla había sido, en realidad, nuestra. Y la cometimos el día en que lo contratamos. No, no fue porque unos años después se convertiría en delegado. Fue porque le dijimos “tu trabajo es entregar pedidos”.

John Fitzgerald Kennedy en 1962 afirmó: “Elegimos ir a la Luna en esta década (…) no porque sea fácil, sino porque es difícil”.

Un par de años después, se cuenta que, caminando por Cabo Cañaveral, le preguntó a una persona de limpieza, que estaba agachada y limpiando: “¿Cuál es su trabajo?”. Pregunta estúpida, pensé la primera vez que la escuché.

Un par de años después, se cuenta que, caminando por Cabo Cañaveral, le preguntó a una persona de limpieza, que estaba agachada y limpiando: “¿Cuál es su trabajo?”. Pregunta estúpida, pensé la primera vez que la escuché.

“Ehhh… pero, Leo, yo trabajo en un estudio de auditoría, ¿qué mundo voy a mejorar?”. Se aseguran de que los dueños y los entes reguladores confíen en la información que esa empresa provee, ¿no te parece importante?

“Ehhh… pero, Leo, yo reparto pizzas en el barrio, ¡qué misión ni qué misión!”. Sos parte de una organización que da las mejores pizzas o las más baratas o las que llegan más rápidas en todo el barrio. ¿No es eso importante?

“Ehhh… pero, Leo, yo limpio los pasillos de Cabo Cañaveral”. Tal vez, el ejemplo más claro sea con los deportes. ¿El trabajo del arquero de un equipo de hockey es atajar?

¿Y si están jugando un campeonato que sólo lo ganan si meten un gol, faltan 30 segundos y hay un córner, no le dirías que vaya a atacar al área contraria?

Y si te responde “no es mi trabajo”, como el ascensorista, el boletero, el empleado de Blockbuster o el repartidor, ¿qué vas a hacer? Si se puede, lo vas a automatizar para la próxima y, si no, lo vas a reemplazar. Lo vas a reemplazar por alguien orientado a la Misión.

No solo tenemos que colgar la Misión en las paredes. Tenemos que contratar por la Misión. Promover por la Misión. Despedir por la Misión. Y, si la Misión no atrae gente, no hay salario que pueda mantenernos trabajando a largo plazo.

Quizás, entonces, sea hora de cambiar la Misión. Tal vez, no es la pizza más barata; es la mejor. Quizás, no es el campeonato local; es el regional. O alquilar películas tiene que cambiar por “entretener al mundo”. Todos sabemos cómo luce el futuro, ese no es el desafío.

El desafío es llegar con el menor dolor posible. “Ehhh… pero, Leo, las tradiciones, los sindicatos, las reglas, siempre nos protegieron”. Protegieron al más débil, al humano que se comportaba como robot.

Dejando de hacer tareas repetitivas y volviéndonos, de una vez por todas, humanos necesitaremos -querremos- menos protección. Todos sabemos cómo luce el futuro. Pero nos aferramos al pasado, ilusos, pensando que no va a venir.

Perseguir una Misión no solo nos hace más felices. También nos protege -más- del cambio tecnológico. Tu trabajo no es tu trabajo. Tu trabajo no son tus tareas. Hacés esas tareas para perseguir la Misión. Ese es tu trabajo. La Misión.

Este texto nació como reacción a una pregunta que me hicieron por instagram. No te olvides de suscribirte a mi newsletter de los lunes.

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